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A partir de enero de 2007 una imponente figura
metálica se enraizará formalmente en el amplio
horizonte en el que se enclava la ciudad de
Matamoros, destinada a convertirse en una
referencia obligada de esta urbe fronteriza.
Pero eso no es todo. Lo relevante es que la
notable escultura férrea se levanta justo en el
sitio primario donde tuvo origen Matamoros y que
a la vez es un resabio geográfico del curso del
río Bravo, corriente que en gran medida hace
atribuible sus características simbólicas de
puerta, de pasaje, de umbral y a la vez de punto
de contacto entre dos culturas diferentes.
Me explico. Este lugar, llamado coloquialmente
el “Olímpico” a raíz de la popularización local
del juego de fútbol con motivo del Mundial de
1976 en México y casi el único sitio en el que
se podía practicar, era en realidad un llano
artificial. Es decir, apenas unos años atrás
había sido hecho a base de un relleno que
requirió millares de camiones de tierra, en un
esfuerzo por nivelar y crear las condiciones
para hacer eficiente el drenaje pluvial en una
zona cíclicamente inundable. Desde entonces
adquirió su fama deportiva. |
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Sin embargo, las nuevas generaciones apenas
tienen noticia de que aquello era un lugar
pantanoso, insalubre, apenas a unos pasos del
núcleo de la ciudad, donde proliferaban los
tulares y los reptiles acuáticos, a la vez de
ser refugio de diversas aves y foco de zancudos
después de las temporadas de lluvias, con sus
tremendos lodazales en las orillas. Se trataba
simplemente “del estero”, del que ya nadie
recordaba el nombre, que había estado presente
siempre junto a Matamoros y al que la
modernización urbana condenó al extermino en las
postrimerías de la actuación de la Junta Federal
de Mejoras Materiales.
Lo cierto es que se trata de un antiguo curso
del río Bravo, una corriente que antaño, cuando
no tenía las barreras de las obras hidráulicas o
se veía mermado por el cambio climático, fluía
impetuoso desde las Montañas Rocallosas y
serpenteaba por la gran llanura costera aluvial
de su delta sobre el Golfo de México, de tal
forma que cambiaba constantemente de rumbo,
modificando el terreno aledaño a sus riberas.
Así, al trazar la corriente otra dirección,
quedó este bajío en forma de estero |