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Dispuestas en un virtual plano estelar cósmico
se destacan dos pares de estrellas contrapuestas
y en proporciones simétricas. Como una marca
sideral, dibujan el patrón a partir del cual se
despliegan cerca de una veintena de líneas que
se fugan hacia el espacio como si se tratase de
haces de luz, delimitado y definiendo dos
poderosas columnas estriadas.
Coronando cada uno de estos atlánticos pilares
se desenvuelve una forma que gira en el espacio
topológico, haciendo viajar a las estrellas
encontradas y, generando un juego de curvas, las
redirige girando cada cual hacia su gemela
antagónica para así abrazarse sin tocarse,
quedando frente a frente a modo de dos grandes
manos contenedoras de la transformación que las
originó.
En medio de este
colosal abrazo estriado, encontramos una figura
estructural; El cubo como generador de la
esencia y como representante del espacio
tridimensional pero a la vez multidimensional en
sus ejes y planos de simetría. Un cubo que
representa en su intrínseca solidez la capacidad
económica y cultural de México que requiere de
dinamismo y fuerza para su transformación.
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La ciudad de Matamoros se convierte en el
detonador de esta transformación siendo una
puerta obligada de México al mundo comercial y
cultural del norte de nuestro país.
Sutilmente, la silueta interior de la Gran
Puerta de México dibuja a contraluz una alargada
y gigantesca “M”, letra inicial que comparten en
su nombre México y Matamoros y monumentalidad,
formando el dintel de paso para la entrada y
salida del territorio mexicano. |